Sobre los sentimientos, palabras, y demás…

Éste post lo escribí mucho antes de lo ocurrido ayer (no he tenido internet, y aprovecho que hoy me llega señal de un vecino). Estoy verdaderamente consternado. No sé qué decir, ni qué pensar. Tengo sentimientos encontrados. Por un lado ganó Obama, por el otro sucede el accidente de ayer. Estoy triste; algo está pasando en este país, que nos pone en una grave situación de riesgo.

El título original de éste post era Until the day I die, haciendo referencia a una canción; he decidido cambiarlo por obvias razones.

Lo prometido es deuda -rara vez cumplo lo que prometo en este blog; así es que no se acostumbren a esto-: Con ustedes un texto que escribí -ya que estaba más tranquilo, y relajado; una vez asimiladas las cosas- a raíz de mi -aún no concluida- lectura de la novela de Sartre, La Náusea.

Disclaimer: Ok. El siguiente texto puede parecer un tanto extraño, e irreal. También puede hacerles creer que ya me jodí, y que ahora sí -por si hacía falta confirmarlo- estoy loco; que soy un psicótico más que habita el planeta. Pero no; aún no desvarío tanto como para considerarme algo así -créanme, si sucede eso, el primero en preocuparse sería yo; lo reconocería al instante, y buscaría ayuda-. Sigo con ustedes compañeros, jaja. Divagando; preguntando; y confundiéndome más, y más. Envenenando mi mente día con día -como diría un ex-profesor-. No se preocupen, mi Yo sigue fuerte -e indestructible-; continúo en la realidad, con ustedes amigos, jaja. Algún día; en algún momento haré un ensayo sobre esto. Ahora no hay tanto tiempo, y no estoy listo para aventurarme dentro del tema.

Me pregunto: ¿Existen los sentimientos? ¿O tan sólo son una invención nuestra para darle sentido a nuestras absurdas vidas? ¿Invención que intentamos exagerar, e incluso, reinventar -en un proceso posterior al primero-, por medio de las palabras? Palabras que no existen, y que tan sólo describen algo que no es, pero que a nosotros importa más que otra cosa.

Y sí, se produce algo en nosotros por medio de la confluencia de diversos químicos que sí existen en nuestro cuerpo, pero que, bien podría ser meramente casual, y sin razón alguna. O mejor aún, un medio de protección y prevención, que no tiene otro fin que permitir nuestra superviviencia frente a nuestro entorno.

Sin embargo, nosotros le damos más importancia de la necesaria a esos efectos, permitiendo, incluso, que conduzca nuestras vidas; al grado de ser decisiva para catalogar una vida -propia- como provechosa, agradable, con sentido; o mediocre, tediosa, pesada y sin sentido.

Bien podría ser inútil, e innecesario, todo esto de los sentimientos, a sabiendas de que lo únicamente real, y verdadero, es que estamos -existiendo ahora, y en este breve momento- aquí por pura casualidad -y como producto de ella-, sin ningún verdadero motivo mas que el de la vida misma, que tiene su propio objetivo, y fin, la existencia, y la no-existencia. Esa hermosa dualidad que nunca podremos tolerar, y que tanta ansiedad causa a la humanidad.

Es inevitable vivir, y no vivir; existir, y no existir. Es tan sólo un proceso dialéctico infinito, que el simple hecho de pensarlo -note to self: aquí debe ir algo que se me está olvidando-, resulta el mal de todos nuestros males: el miedo a vivir, y morir. Es decir, a existir, y no existir.

Agradezco esa bella invención: Los sentimientos. Sin ella, vagaría por este mundo, con más ansiedad de la que me invade día con día.

Agradezco, también, la invención de las palabras -siempre abstractas, y nunca reales-, que permiten exagerar -también llamado, expresar- lo que no existe, y llevarlo al mundo fantástico de la humanidad.

Definitivamente, prefiero vivir en el engaño, a lidiar con aquello que ni la propia humanidad tolera. Evito la náusea, y existo por existir, fingiendo que no es así. Vivo feliz en éste mundo que la genialidad de la humanidad ha establecido para sí, con el fin de hacer más placentero, y agradable, cada instante de existencia que se expresa en mí.

¡Salud!

Pd.- Ahora entiendo porqué mi amigo Carrillo arrojó -dejándola a su suerte, por la calle- La Náusea de Sartre. Yo no haré eso; simplemente, me engañaré -como cuando era niño: “No oigo, no oigo, soy de palo, tengo orejas de pescado”- por más tiempo -hasta que muera; hasta que deje de existir.-.

Pd2.- Un amigo una vez me platicó que la novela que más temor le había causado era Así hablaba Zaratustra, cosa que me sorprendió, -para mí no hay tal parte terrorífica en la novela-; sin embargo, ahora lo entiendo. Cuando algo te llega a ese punto en donde todo lo que creías cierto, e indestructible, mostrándolo como es, una mera percepción, tan subjetiva, y personal, poniéndolo -además de todo-, en duda, te causa tal crisis, y temor, que es muy difícil poder volver al tema -aún cuando es, ya, muy tarde, porque ya estás del otro lado, en la duda-. Sin embargo, es cosa de asimilarlo, aprender de él -todo; todo lleva consigo un proceso dialéctico-, y superarlo, creando otro nivel de percepción, que mantendremos vigente, hasta que suceda lo mismo: una crisis, y lleguemos a otro nivel -o estadio-, culminando con nuestra muerte: es decir, la comprensión total de la vida -hasta que lleguemos a ese punto, entenderemos el proceso completo de vida-.

En fin, tendré que escribir un ensayo sobre esto, para no cargar por siempre -es decir, toda mi vida- con estas ideas, que tan sólo me agobian, y rondan, y rondan en mi cabeza. Escribir es buena terapia; nos sirve para deshechar, de una buena vez, todo aquello que nos mortifica -eso creo; al menos verlo reflejado, nos ayuda a comprender, y asimilarlo-. Amo las palabras -tanto como a la música; las palabras también tienen musicalidad, razón de ese amor-. Adiós.

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